JAVIER ALGARRAJAVIER ALGARRA

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EL «MILAGRO ESPAÑOL» ES NUESTRA CLASE MEDIA

Esta maldita pandemia nos ha arrebatado a seres queridos, ha llevado dolor y angustia a muchos enfermos, ha alterado nuestra forma de vida, ha sumido en la soledad a muchas personas, nos ha alejado de nuestros familiares y amigos, ha arruinado nuestros negocios, ha dejado sin trabajo a muchos y ha roto algunas de nuestras esperanzas. Y todavía no ha terminado. Aún no sabemos lo que nos espera. Pero saldremos adelante.

Superaremos el sufrimiento de la muerte, añoraremos a los que ya no están, protegeremos a los más débiles y reconstruiremos nuestras vidas. No será fácil, porque, más allá de la tragedia, tardaremos mucho en superar esta crisis económica, porque este mazazo, además de castigar a los más vulnerables, ha dejado seriamente herida la mayor de nuestras fortalezas: las clases medias.

Hace más de ochenta años, los españoles tuvieron que levantarse tras la peor desgracia imaginable, una guerra fratricida entre hermanos que hundió el país en la miseria y el hambre. Pero volvió a lucir el sol, tímidamente al principio, poco a poco, pero con el paso de los años, cada vez con mayor intensidad.

En 1952 desaparecieron las cartillas de racionamiento. Italia y Alemania, devastadas tras la Guerra Mundial, crecían a un ritmo espectacular. Pero España seguía siendo un país rural, escasamente competitivo, aislado del mundo, sin inversión extranjera y carente de emprendedores nacionales. Pero se produjo el “milagro español”.

El pistoletazo de salida fue el Plan de Estabilización de 1959: desregulación, contención salarial, desinversión en sectores yermos, apertura al exterior, reducción de la inflación y creación de empleo productivo. En solo un año, la balanza de pagos estaba en superávit. Y el autentico motor de todo ese cambio fue algo que, hasta entonces, no existía, la clase media. Profesionales liberales, autónomos, asalariados cualificados y emprendedores construyeron la nueva sociedad.

En febrero de 1971, el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, ante la frágil salud que empezaba a mostrar Francisco Franco, y preocupado con el futuro que sobrevendría tras su muerte, envió a España al general Vernon Walters para entrevistarse con el todavía Caudillo. Quería conocer de primera mano cual sería su testamento político, si el Régimen se encastillaría, si el caos se apoderaría del país o si existía algún asomo de consolidación democrática. Y la respuesta que trajo de vuelta el emisario fue inimaginable y esperanzadora.

En el encuentro, Franco no se anduvo con rodeos. Cuando Walters le entregó una carta en la que Nixon le pedía que hablase con franqueza, zanjó de inmediato la cuestión: “Lo que le interesa realmente a su presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte, ¿no?”. Y ante la respuesta afirmativa del americano, el vaticinio de Franco fue contundente: “El Príncipe Juan Carlos será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga, qué se yo. Habrá grandes locuras pero ninguna de ellas será fatal para España”.  Ante tal convencimiento, Walters le preguntó cómo podía estar tan seguro. Y fue su contestación la que le dejó admirado: “Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años: la clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español, no habrá otra Guerra Civil”.

Y resultó ser cierto. Los americanos, al preguntar a Franco por el futuro, esperaban que augurase la pervivencia de su Régimen, la veneración hacia su figura, el avenimiento al poder de los más afines y el control de la sociedad mediante los resortes represivos del Estado. Pero resultó que el gallego de Ferrol era muy consciente del cambio que había experimentado España.

Hoy, cincuenta años más tarde, están confirmados esos vaticinios. La clase media fue el autentico “milagro español”. Profesionales, autónomos, empresarios, comerciantes, técnicos cualificados y emprendedores de todo tipo constituyen el entramado económico de nuestro país. Y son ellos, justamente, los que ahora resultan más castigados por el cierre decretado ante la pandemia y, especialmente, por la falta de medidas del gobierno para garantizar su supervivencia, que es la de todos.

Se equivocan Pedro Sánchez y Pablo Iglesias si creen que esta crisis se puede superar sin apoyar a los empresarios, que son los que generan empleo y riqueza. Sueñan con subir los impuestos, cuando lo que deben hacer es otorgar beneficios a quienes generan trabajo, reducir la presión fiscal, eliminar la burocracia y fomentar la creación de nuevos negocios. Son los emprendedores quienes mueven el país, no la administración. Pero ésta debe saberse obligada a facilitar esa tarea.

La clase media se ha empobrecido en esta pandemia. Los más pudientes siempre encuentran salida. Los más vulnerables deben recibir ayuda, pero no con un pez, sino con una caña de pescar. Y los que nos enseñan a pescar son los emprendedores, los autónomos, los comerciantes, los empresarios. Ellos crean puestos de trabajo y generan riqueza.

Ese es nuestro auténtico motivo de esperanza. El “milagro español” sigue siendo la clase media.

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