EL COVID-19 Y LA ECONOMÍA

La epidemia del coronavirus -Covid-19- en China, en diciembre de 2019 es el último de una serie de enfermedades – SARS, gripe aviar, ébola o HIV/AIDS- que se han contagiado de los animales a los seres humanos. Estos fenómenos no son nuevos. El Siglo XX experimentó fenómenos pandémicos de gran intensidad como la gripe española (1918-19), la gripe asiática (1957-1958) y la de Hong Kong (1968-1969). Al margen de la cuestión sanitaria, el Covid-19 está teniendo y va a tener consecuencias económicas y sociales muy relevantes que, a causa de su propagación a escala global, conducirá con casi total seguridad a una recesión mundial. Aunque la pandemia fuese contenida con rapidez, tendrá pues un significativo impacto sobre la economía global.

La interrupción de la producción y la disrupción de las cadenas de producción en un mundo altamente interconectado golpean de manera negativa la oferta productiva, mientras el aislamiento de la población hace lo mismo sobre la demanda de consumo y de inversión privada.

La paulatina extensión de la pandemia ha generado una severa corrección bajista de las bolsas. Estas, sobrevaluadas por un exceso de liquidez (generado por una política monetaria laxa durante un largo periodo de tiempo), han reaccionado con una profunda inflexión ante la aparición de un hecho inesperado, Covid-19, que ha pinchado la burbuja acumulada en los mercados bursátiles. En paralelo, la propagación del coronavirus ha comenzado a golpear la economía real. Ante este panorama, los Gobiernos y los bancos centrales han iniciado acciones de naturaleza expansiva con la intención de conjugar el peligro no ya de una recesión mundial, sino de una dinámica de consolidación de un escenario de depresión.

Si bien el incremento del gasto sanitario es imprescindible e inevitable ante una perturbación de esta naturaleza, es poco probable que el aumento discrecional del gasto público y una estrategia monetaria más activista resulten efectivas en estas circunstancias. Las políticas de demanda no son la terapia adecuada para absorber y combatir los shocks de oferta y, si bien el coronavirus es un shock mixto, la retracción de la demanda -aislamiento/temor al contagio- no obedece a razones convencionales – declive de la renta disponible, aumento del paro, altos tipos de interés etc-, sino a los dos elementos antes anunciados. Desde esta perspectiva conviene ser prudentes y no adoptar estrategias de expansión de la demanda cuyas secuelas pueden dificultar la recuperación de la economía cuando la pandemia acabe.

La economía española se enfrenta al mayor shock de oferta y de demanda experimentado desde la guerra civil. Esta situación se produce doce años después de la Gran Recesión iniciada en el tercer trimestre de 2008 y finalizada en el último trimestre de 2013, seis largos años con tasas de crecimiento negativas acompañadas de una masiva destrucción de tejido empresarial y de puestos de trabajo. Ahora, la emergencia del Covid-19 y su propagación constituyen una amenaza aún mayor.

El riesgo no es que la economía española entre en recesión, hecho inevitable, sino que se introduzca en una fase de depresión; esto es, en una contracción prolongada de la producción, del empleo y de la renta seguida por un escenario de estancamiento. No se está ante una perturbación temporal o coyuntural, sino ante un fenómeno cuyos efectos en el horizonte del medio-largo plazo pueden ser muy negativos. Se perfila un ciclo en L mucho más intenso y dañino que el registrado en el período 2008-2013.

La gravedad de la coyuntura económica nacional ante el shock provocado por el Covid- 19 se agudiza por tres factores previos a la crisis: primero, una posición fiscal definida por un alto nivel de endeudamiento público y, en menor medida, privado; segundo, una posición de inversión extranjera neta muy negativa; tercero, una tasa de paro excesivamente elevada tras seis años de expansión; cuarto, unos mercados de factores, de bienes y de servicios demasiado rígidos para adaptarse con rapidez a una perturbación de esta naturaleza. En suma, las condiciones macro y microeconómicas de partida eran extraordinariamente débiles para afrontar sin pérdidas de producción y empleo un impacto externo como el generado por el Covid-19.

La novedad del presente shock es que afecta tanto a la oferta productiva como a la demanda. Por un lado, la interrupción de las cadenas de valor paraliza de manera directa o indirecta la producción y tienen un impacto demoledor sobre las empresas en el supuesto de que no sean capaces o no puedan ajustar toda su estructura de costes; por otro, la caída de la demanda tiene un rasgo singular; a saber, su causa determinante no es económica, sino el temor a verse contagiado y las medidas de aislamiento adoptadas para evitar la extensión de los contagios. Si, además, caso de España, ese motivo se ve acompañado por unas perspectivas negativas previas sobre la potencial evolución de la economía, el efecto contractivo se potencia.

Ante una situación de esta naturaleza, las medidas monetarias expansivas y el aumento del gasto público no tienen efectividad. Ni el descenso de los tipos de interés ni las inyecciones de gasto son capaces de estimular el consumo y la inversión. La banca central ha de limitarse a desempeñar un papel de acompañamiento, de prestamista de última instancia para evitar un credit crunch y la política fiscal-presupuestaria debe dejar funcionar los estabilizadores automáticos y, eso sí, concentrar sus desembolsos en los programas sanitarios orientados a combatir la pandemia.

En este contexto, las únicas medidas eficaces para mitigar las consecuencias del shock han de concentrarse en el lado de la oferta. Ello implica reducir las cargas regulatorias, sociales y fiscales soportadas por las empresas para permitirles ajustarse con la mayor flexibilidad al entorno crítico, reducir su mortalidad, evitar la desaparición de una gran parte del tejido empresarial y permitir la recuperación de la economía y de los puestos de trabajo.

En caso contrario, una masiva destrucción de compañías no sólo agravará la recesión, sino que disparará la morosidad y creará una situación insostenible en el sistema bancario. La interacción entre el sector real y el financiero, el riesgo de colapso de ambos se acrecienta de manera extraordinaria en las actuales circunstancias. El importante aumento del desempleo que originará esta crisis no podrá ser absorbido durante un espacio temporal muy dilatado si un volumen muy elevado de compañías se ve abocado a la quiebra. La reconstrucción de ese tejido empresarial no se improvisa. Lleva tiempo y evitar esa deriva es vital en las actuales circunstancias y en su inmediata evolución.

En este marco es donde hay que situar el foco para analizar el conjunto de las medidas planteadas por el Gobierno en sus dos Reales Decretos de 12 y de 17 de marzo. Su objetivo de conjurar un masivo deterioro de la economía y sentar las bases de su reactivación tras la pandemia no se ve respaldado por las acciones de política económica que se propone ejecutar. No se arbitran los medios imprescindibles para mitigar el impacto de la crisis sobre las empresas; las medidas en el lado de la oferta son insuficientes y en algunos casos negativas y las adoptadas en el lado de la demanda son bien innecesarias bien ineficaces.

La tesis gubernamental según la cual se produce la mayor movilización de recursos de la historia económica de España, con independencia de si eso sería lo acertado o no, constituye una ficción. El grueso de las medidas aprobadas no supone una inyección de liquidez de 200 mil millones de euros y algunas de ellas, léase el mecanismo de avales habilitado a fin de suministrar liquidez a las empresas, está pendiente de concreción. No se especifica de donde saldrá la aportación de los 83 mil millones de euros por parte del sector privado a ese mecanismo y cómo se procurará que los recursos se destinen a cubrir las necesidades de liquidez de las compañías solventes; extremo de muy difícil valoración en un contexto como el actual.

Las iniciativas dirigidas a evitar que el paro se dispare son parciales y no generan los incentivos necesarios para lograr esa meta. Así, la postergación del pago de los tributos mientras dure la crisis sólo traslada la carga fiscal al futuro cuando éste no ofrece expectativa alguna de mejorar los resultados empresariales y de retornarlos a la situación existente antes de la crisis. Esto es irreal y por tanto no tendrá efecto positivo alguno sobre el binomio empleo-paro. En otras palabras, las compañías, en especial las pymes optarán en su mayoría por despedir en lugar de retener empleo o acogerse a un ERTE.

En este escenario, lo que se ve es una muy negativa evolución de la economía española para este año 2020 y para el ejercicio 2021. Aunque es difícil prever con precisión cual será la contracción del PIB este año, considero que será la mayor anotada por la economía española desde la guerra civil. Por añadidura creo que, salvo un cambio radical en la orientación de la política económica, el horizonte apunta hacia una depresión; esto es, hacia una recesión larga seguida por un dilatado periodo de estancamiento. Este es el mayor riesgo al que se enfrenta la economía nacional en estos momentos. Este panorama no se alterará salvo que se descubra y se comercialice a escala global y, en un breve espacio de tiempo, una vacuna.

Aunque como digo resulta de una extraordinaria complejidad realizar previsiones sobre cuál puede ser el efecto sobre la actividad económica y sobre sus equilibrios macro en un escenario como el actual, es posible avanzar una conclusión preliminar: se producirá un crecimiento negativo del PIB sin precedentes en la historia contemporánea con el consiguiente agravamiento de los desequilibrios macroeconómicos: déficit público y tasa de paro. Este negativo comportamiento de la economía española sólo podría modificarse de manera significativa en el supuesto de que se descubriese y comercializase con rapidez una vacuna capaz de eliminar la pandemia. En esta línea será vital cómo evolucione el proceso de propagación-contención-disminución de la pandemia.

De entrada, como ya se ha señalado, la coyuntura internacional no va a ayudar nada, al menos en el corto plazo, a aliviar la situación interna. Al contrario, las previsiones de los principales organismos internacionales apuntan hacia un panorama de recesión global si bien ésta, obviamente, tendrá una intensidad diferente en unas y otras zonas geográficas.  En concreto, considero que Europa sufrirá un sustancial deterioro de la economía dada la debilidad preexistente a la crisis actual y la vertiginosa expansión del Covid-19 en las mayores economías de la Eurozona. Al mismo tiempo considero que las iniciativas monetarias y fiscales orientadas a la demanda no van a funcionar; esto es, no van a producir ningún efecto estimulante sobre la economía.

Desde esta perspectiva es importante analizar cuál puede ser el comportamiento de la oferta en las ramas de la actividad económica con mayor exposición inicial al shock generado por el Covid-19. En este sentido es ilustrativo señalar lo ocurrido en tres sectores de la economía, en los cuales tiene una incidencia especial el shock derivado del coronavirus: la automoción, el turismo y el comercio. Por lo que se refiere al primero, las matriculaciones de turismos durante el primer día laborable desde la introducción del estado de alarma, retrocedieron un 73% respecto a la media registrada en febrero. De hecho, la patronal del sector destaca que estas corresponderían a operaciones ya acordadas previamente.

Esta situación persistirá y se acentuará tanto en el lado de la demanda -caída de compras- como en el de la oferta -ruptura de la cadena de valor y parálisis del transporte- hasta que termine la pandemia y puedan restaurarse tanto la cadena de valor como el transporte y la distribución de vehículos.

Por lo que respecta al turismo y conforme a los datos ofrecidos por Exceltur, las ventas del sector turístico ya han caído cerca de un 90%. Las estimaciones sobre el potencial impacto de la crisis del Covid-19 sobre el turismo es de 60.000 millones de euros, cerca de un 40% del valor de actividad prevista para todo el año. Este escenario contempla una prolongación de la actual situación a la temporada de verano y no se espera una normalización de la actividad hasta dentro de seis meses. Las reservas hoteleras para Semana Santa han caído un 60% en lo que llevamos de mes, al tiempo que las cancelaciones se han incrementado un 40% respecto a los datos de febrero, según la plataforma tecnológica del sector turístico TravelGateX.

Finalmente, el comercio representa el 13% del PIB y el 17% del empleo. El cierre de establecimientos comerciales, salvo los que se mantienen abiertos en los mercados esenciales, va a experimentar una extraordinaria contracción. En este sector, cuya tasa de rentabilidad media es baja, la incidencia de la crisis del Covid-19 va a ser muy intensa. La caída de la demanda, acompañada de un mantenimiento de los costes sociales, fiscales y financieros se traducirá en un cierre significativo de pymes ligadas a este sector y, en consecuencia, en un fuerte aumento del desempleo.

En el lado de la demanda, el consumo privado experimentará un agudo descenso a causa de tres factores básicos: primero, la restricción de movimientos, segundo, la destrucción de empleo y tercero, las expectativas. Por lo que se refiera la inversión cabe esperar una fuerte contracción de la inversión exterior acompañada de un movimiento similar de la inversión doméstica ante el desplome del consumo privado, ante la destrucción del tejido empresarial y ante el drástico empeoramiento de las perspectivas económicas. Por último, la hipotética entrada en recesión de la economía global y en concreto de la europea supondrá un agudo declive de las exportaciones de bienes y de servicios y una aguda ralentización de las importaciones causada por el ajuste del consumo privado y de la inversión en bienes de equipo.

A partir de esos escenarios, he agregado el shock ocasionado por el Covid- 19, incorporándolo al modelo económico español, para proyectar cuáles pueden ser los escenarios de crecimiento para 2020 a partir de las previsiones del consenso de los analistas cuyo escenario central es todavía un crecimiento del PIB para el actual ejercicio económico del 1,5%. Si esta previsión era cuestionable antes del Covid- 19, ahora resulta un ejercicio de voluntarismo. En realidad, es el resultado de haberse subestimado tanto la desaceleración que registraba la economía nacional como, ahora, el impacto potencial del Covid-19 que dependerá de manera crítica, como se ha indicado, de la evolución de la curva. Con lo cual hay que decir lo siguiente:

El primer escenario (considerado el más favorable), pudiera darse si las restricciones totales al movimiento de la población duraran un mes y se vieran acompañadas por una caída del comercio 70% acompañada de un descenso similar del turismo y de los sectores de actividad ligados a él y de un ajuste a la baja del 20% del resto de sectores, teniendo en cuenta la perduración de ese impacto negativo en el segundo trimestre y suponiendo una caída importante en el tercero por la contracción de los flujos turísticos tanto nacionales como internacionales. En este contexto, el PIB experimentaría un crecimiento negativo del -5,6%.

En el segundo escenario (muy negativo), se parte de una hipótesis en la cual las restricciones totales a la movilidad de los ciudadanos se mantienen durante un mes, pero el efecto contractivo sobre el comercio, el turismo, la automoción y el ocio es del 100% y del 30% sobre los demás sectores. Teniendo esta conjetura incorpora un efecto arrastre sobre sobre el segundo trimestre y una caída sustancial en el tercero por la pérdida de la temporada turística. La proyección de ese conjunto de variables se traduciría en un crecimiento negativo del PIB del -10,6% en 2020.

En cuanto al binomio empleo/paro, en la previsión más benévola se perderán alrededor 972.000 puestos de trabajo y en el escenario más pesimista 1.850.500 empleos. Por lo que respecta al déficit público, la combinación del aumento discrecional del gasto público unido al juego de los estabilizadores automáticos más la fuerte corrección a la baja de los ingresos tributarios causada por la intensidad de la recesión situará la ratio déficit público/PIB en el 10,5% en el mejor de los casos. En suma, todo presagia un retorno a los desequilibrios macro que la economía española tenía en lo mas agudo de la Gran Recesión, pero desde un punto de partida sensiblemente peor al existente en el anterior ciclo recesivo.

En conclusión, salvo la aparición de una vacuna anti Covid-19 en un breve espacio temporal o algún otro shock positivo inesperado, la economía nacional sufrirá una severa recesión de un alcance y una duración difíciles de prever. El plan elaborado por el Gobierno no permite fortalecer ni mejorar las condiciones para que la oferta productiva (las empresas) puedan recibir el impacto de la crisis sin pagar un elevado coste en términos de producción, facturación y empleo.

El Gobierno ha renunciado a introducir una reducción efectiva de los costes fiscales, sociales e incluso regulatorios soportados por las empresas, Aunque resulte políticamente incorrecto, el empleo puede recuperarse con mayor facilidad que la reconstrucción de un tejido empresarial que sufrirá un duro quebranto y la desaparición de un número significativo de compañías, sobre todo, de pymes.

Álvaro Lodares (Economista) SIGUE A ALVARO EN SUS REDES

 

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